En memoria de Saturnino Castro Sández
hermanos y familiares fallecidos.
Domingo Valentín Castro Burgoin
Origen e influencias
Por lo general, las familias sureñas de la entidad, particularmente las que provenimos de la zona rural, de los ranchos y de los ejidos, dentro de estas las que nacimos y fuimos educados cuarenta o más años atrás, dicho sea antes del boom de la zona libre que se produjo en La Paz a partir de la década de 1960 y del desarrollo turístico que avasalló a Los Cabos desde 1970, no podemos negar la cruz de “nuestra parroquia”; es decir, nuestro origen, porque en nuestra niñez y adolescencia, que son etapas en las que se consolida la personalidad del individuo ( y yo digo: ¡qué bueno que así haya sido!) no tuvimos influencias más profundas que las que nos dio la escuela formal básica tradicional, pero de mayor arraigo las anécdotas de nuestros abuelos y tíos, las experiencias de nuestros padres, y las que externamente captamos al escuchar la radio XEW, algunas estaciones de onda larga (am) de Sonora, Sinaloa y las de audiencia latina de Los Ángeles California, prácticamente las únicas que se escuchaban en esta la región más austral de la península.
La radio XEW aparte de los noticieros de aquellos años, de los que poco recordamos por nuestra condición de niños, por las noches, prácticamente en cuanto oscurecía, porque además teníamos que meternos a la cama temprano, (pues en nuestros primeros años de vida ni acceso a luz eléctrica teníamos porque no estaba generalizada como servicio público)desde nuestras improvisadas y sencillas recámaras era donde escuchábamos las llamadas “Tradiciones y Leyendas de la Colonia”, narradas con singular estilo, dantesco y fantasmagórico, por Carlos López Moctezuma, y algunas de ellas por las mañanas las radionovelas de “Chucho El Roto”, "Porfirio Cadena" y “Felipe Reyes”, daban cuenta del México rural que todavía era preponderante en el desarrollo nacional, o por lo menos así lo creíamos.
Aún recuerdo que al escuchar las leyendas que tenían como ubicación aquel México de la Colonia que referenciaba las viejas calles del centro histórico de la ciudad capital, no podía dejar de relacionarlas con las lecciones de historia, de tercero y cuarto años, imaginándome a fantasmas de los gachupines -de sombrero alto, espada al cinto, de cuellos cubiertos como los del personaje de los cigarros Raleigh- en las crueldades ominosas que cometían contra indígenas del centro del país, o en las explotaciones mineras de Guanajuato y Zacatecas; y también se me venían a la memoria las páginas de los libros de texto, aquellos con olor a imprenta de linotipo, donde se narraban eventos como la intermediación favorable de los curas parroquiales comoToribio de Benavente (Motolinía), Vasco de Quiroga, Bartolomé de Las Casas y Fray Juan de Zumárraga, principales misioneros prototipos de la defensa de los indios y en contra de los abusos de los españoles encomenderos.
En aquellos días pensaba que por dichos abusos, las almas en pena, la de la víctima y del victimario, no podían descansar en paz, y por eso sus incesantes apariciones. Quedó muy grabada en mis recuerdos "la Llorona" aunque en aquellas épocas de mi infancia no era para mí, como hoylo es, una maravillosa canción romántica y leyenda, sino el espectro de una mala madre que no solo abandonó a sus hijos pequeños, sino que los dio de comer a unos hambrientos cerdos. Y aquí está presente otra imagen cultivada en estas lecciones de moralidad, por contradicción: la buena madre, la mujer abnegada, hogareña, cariñosa que da la vida por sus hijos y que se antepone a cualquier sufrimiento por ellos.
Corridos y nacionalismo
¡Ah!, y qué decir de los corridos revolucionarios narrados por la voz de Ignacio López Tarso, con los cuales llegamos a enterarnos de las epopeyas magnificadas y de los héroes populares de nuestra Revolución Mexicana. Villa, Zapata,Madero, Carranza, Felipe Ángeles, Benjamín Argumedo, Benito Canales, Valente Quintero, Valentín de la Sierra, Simón Blanco, y otros en una larga e interminable lista, quedaron grabados en nuestra memoria infantil, por obra y gracia de este hombre panegirista auténtico de nuestra Revolución, sin más que decir, que murieron por el pueblo,como se nos inculcó en la mayoría de los casos, con gallardía y valor.
Mi espíritu y mi pecho de niño se hinchaban de pundonor alescuchar estos corridos, cantados o declamados, que me hacían sentir uno de estos combatientes por la patria, carabina en mano y cananas cruzadas al pecho. Y desde luego, esos corridos fueron durante mucho tiempo, el del México rural, los grandes forjadores de la conciencia nacional popular, aquella que se identificó con la tierra, con la defensa de nuestros recursos como el petróleo y la electricidad, de nuestra dignidad de pueblo soberano, la de la defensa territorial, también del honor y del orgullo; el corrido mexicano, nació también con la Revolución, y fue folclor que avivó el nacionalismo que el gobierno negaba en la educación formal porque no había escuelas ni maestros suficientes; fue el instrumento, y sus exponentes como los juglares medievales, quienes dieron cohesión social y cultural a un México que en nuestros días agoniza cimbrado por la transculturación, la moda y los barbarismos extranjerizantes; el mismo corrido ideologizante que ha muerto ahogado por el desdén de una cultura institucionalizada y la predominancia abominable del narco y la criminalidad en las vidas sobre todo de la juventud como prototipo del poder, como inspirador del "deber y querer ser"; el mismo corrido al que la música pop y la exaltación de la banalidad y otros entuertos diseminados desde unos medios avivados por una cultura ajena y distorsionadora, le han dado, ahora sí, ¡qué contradicción!, el tiro de gracia.
Luego, cuando íbamos o llegábamos a La Paz, en nuestro caso a estudiar y a vivir, la influencia radiofónica consistía en escuchar por las tardes, en la XEHZ la Alegría Ranchera, con toda una variedad vernácula, y a ver a los cantautores locales como Lidia Mendoza, los Hermanos Flores, los Cota Torres, como los más representativos; por la noche nuestra alma infantil se recreaba escuchando los cuentitos de Walt Disney y las canciones de Cri-Cri. Era una tragedia que al radio se le bajaran las pilas a medio programa, porque las facilidades para conseguir otras, como ahora, en la tienda de la esquina no eran tales, pues tal tienda no existía, y muchas de las veces la falta de dinero nos obligaba a buscar formas imaginativas para que las baterías del radio se cargaran un poco poniéndolas al sol en un montículo de piedras o encima de las ramadas de palma que por lo general se tenían en nuestras casas.
Precariedad aleccionadora
Y ¡vaya, sin luz eléctrica! En las noches tan oscuras, los candiles y las lámparas de petróleo, hechas en casa, eran nuestros singulares ayudantes para pasar a la cena, porque nunca nos faltaron el frijol con queso y tortillas de harina o de nixtamal, el té de canela con leche bronca o el té de hojas de limón, de yerbabuena, telimón o de naranjo, para dormir tranquilos. Así nos auxiliábamos con una llama de tenue luz, que reforzaba más las enseñanzas morales de aquellas narraciones y cuentos que sembraron en nosotros el temor a Dios, el miedo a lo desconocido, a la propia oscuridad, a lo que no se debía de hacer, que nos alertaban ante el mal para enraizar el bien, en la lucha teológica del Diablo contra Dios, porque en palabras de nuestros mayores, portarnos bien impedía los castigos divinos, los fantasmas, los aparecidos, los espíritus, y hasta los "nagudos" y el regreso de los muertos que, como entendíamos, no se iban de esta realidad porque algo debían. Todo esto formando parte de una enseñanza vital para nuestras vidas, aprendizajes a la vieja pero profunda usanza, teniendo al miedo, o al temor,como centro de nuestra formación, porque así nuestros padres y nuestros abuelos fueron criados, y porque así, ellos se sentían seguros de que nuestra generación, sus hijos, sus nietos, no llegaríamos a tocar los límites peligrosos del mal, y a lo que quizás más podríamos llegar sería a empinarnos unas cuantas cervezas o unos tragos de tequila, ir a las peleas de gallos, a las carreras de caballos, y cuando el tiempo lo dijera, a robarse a la novia sin casarse, como decían "por las buenas"; pero hasta ahí, luego a sentar cabeza y formar un hogar, como los de nuestros padres y nuestros abuelos, sin más miras que esas realidades del rancho, del ejido, de lo cotidiano, de la vida aldeana de una familia extendida; de una familia tradicional a la cual, con palabras o acciones contrarias, se le rechaza, porque -según los programadores sociales- "ya no debe ser"; rechazo que pregonan tanto el estado como llanamente los medios más influyentes, y que impone una modernidad mal entendida, porque para estos, en el caso de la familia, "muchos hijos son una carga", y luego eso "te afecta tu libertad"; eso sí, una libertad tergiversada, por el estereotipo de que lo viejo no sirve y lo nuevo “rifa”, de que ni tus padres y menos tus abuelos deben meterse en tu vida o "malcriar a tus hijos", porque para ellos,como dice un refrán “de los parientes y el sol, mientras más lejos, mejor”.
Pero ese, a grosso modo, fue nuestro entorno “socio-cultural”, digamos. De ahí podemos imaginarnos lo que vivieron nuestros padres y nuestros abuelos en este territorioestrecho, eminentemente rural, prácticamente incomunicado, sin el desarrollo y los efectos multiplicadores que provocan actividades como el turismo, el comercio y los servicios que prácticamente irrumpieron en la tranquilidad de los sudcalifornianos a principios de los años setentas del siglo pasado. Y ellos, sin la posibilidad de acceder a otras fuentes formales de educación y cultura, sin faltar desde luego la parroquia -la iglesia y el sacerdote- y la moral que da el ejemplo, prácticamente se quedaron anclados en su tierra de aquellos años, donde la familiaridad era asunto cotidiano, donde el valor de la palabra empeñada era ley, donde lo prometido era deuda, donde los compromisos se cumplían al pie de la letra; en fin, donde los bienes patrimoniales, apenas si eran percibidos como tales porque la mayoría vivía en la medianía de lo que Dios les daba, sin el ánimo de lucro y de ambición que tristemente, ahora domina en muchos sectores y grupos de la población, y se nos imponen sin misericordia alguna, como signo de progreso y de superación.
Simbiosis tierra-hombre
Uno y la tierra, la mujer y el hombre, nuestros antepasados, nuestros tatarabuelos y demás integrantes del árbol genealógico, eran lo mismo. La tierra, su tierra, les daba todo lo necesario para vivir, para despertar al alba y para ir a la cama al oscurecer en un ciclo por demás natural; para hacer lo cotidiano tan nuestro, sin más estrés que las sequías prolongadas o los fuertes y amenazantes ciclones, las enfermedades del ganado, las plagas en los huertosfamiliares y las carestías del consumo popular, porque la política económica y la política-política, no tocaba las puertas de sus casas ni les tomaba grandes preocupaciones, salvo en épocas de elecciones que más bien eran de mero trámite, en los tiempos del partido oficial. Eso pasaba en nuestros ranchos que, mal que bien, se comunicaban por terracería y brechas con los pueblos y villas como San José del Cabo, Santiago, Caduaño, Miraflores, San Antonio, El Triunfo, Todos Santos y La Paz. Podemos imaginar la soledad y el aislamiento, algunos diremos benditos, de aquellos caseríos que se salían de estos entornos y se ubicaron en las sierras y zonas más agrestes, y en las costasmás alejadas, donde prácticamente reinó por muchos años la incomunicación.
Claro está, un entorno como el descrito, es una vena atractiva para cultivar la nostalgia, vivir el romanticismo y echar a volar la imaginación y los recuerdos para decir que todo estaba muy bien, y negar que el progreso y el desarrollo también trae buenas cosas. Pero eso tampoco es cierto totalmente; no todo estaba bien en el mundo rural de nuestros primeros años de vida. Porque vivales,desquiciados, desigualdad, arbitrariedades y abusos e injusticias, siempre ha habido. El problema es que en la cotidianidad, en la familiaridad, en el poco valor de nuestras tierras de los ranchos y de las costas, nuestros abuelos y nuestros padres, difícilmente se dieron cuenta o se previnieron de lo que estaba por llegar, o como dicen los ufólogos respecto de los extraterrestres, “ya estaba entre nosotros”. No lo sabíamos, pero despertamos de ese letargo, cuando se amplió el fundo legal, cuando los ranchos en la costa de prominentes comerciantes locales, sobre todo en Los Cabos, a su dicho “ya no fueron rentables para tener ganado”, porque nunca había sido esa la intención de ellos, sino cuidar la costa, que era lo que verdaderamente valía, y luego se vendieron en cientos y miles de millones de dólares, se comenzaron a construir los primeros grandes hoteles en las costas, cuando llegaron oleadas de migrantes de Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Jalisco, Sinaloa y el Distrito Federal, a trabajar en la construcción y en los hoteles, y de repente, las huertas y los corrales de ganado fueron prácticamente "echados" del Centro de San José del Cabo y de Cabo San Lucas, la costa en los hechos se privatizo para disfrute de extranjeros y la antigua brecha se hizo carretera en el corredor turístico, más tarde de cuatro carriles, mientras quelas pistas aéreas para avionetas de los viejos hoteles cedieron el paso al aeropuerto internacional. Ymientras eso sucedía, mareados por los billetes verdes, la política clientelar se quitó la máscara, el corporativismollegó para quedarse ylas invasiones se naturalizaron y se abigarraron con y desde el poder político; se acentuó el “ toma y daca” e impregnó la lucha por el poder que se abrió de capa y espada por los intereses de los nuevos jefes del desarrollo emergente: en pocas palabras, el idealismo por esta tierra y sus afanes, cayó muerto por el imperio del dólar y la democracia de los plutócratas.
Fue así como los políticos demócratas locales de principios de siglo pasado como Braulio Maldonado, Pablo L. Martínez, Jesús "Chucho" CastroAgúndez y Fernandito I. CotaSández, y los de más atrás, aguerridos patriotas como Ildefonso Green, Manuel Márquez de León, Mauricio Castro y Félix Ortega, fueron remitidos sin aliento ante el derrumbamiento de la “Patria Chica” y de haber vivido esta etapa volverían a enarbolar sus banderas o preferirían “morirse” que vivir para contarlo, no obstante las nostalgias literarias que ellos mismos inspiraron en el "¡Qué bonito era mi pueblo!”, escritas “En mis ratos de soledad”.
Hoy por hoy, la religión de la globalizaciónen incesante prédica nos habla de un mundo que veíamos inalcanzable, inacabable, lejano y distante, y nos acerca tanto por los medios televisivos, informáticos, telefónicos y cibernéticos, a aquellos países y regiones insospechados, como nos aleja de nuestro entorno local, de nuestra tierra, de nuestras raíces, y lo peor, de la familia, de la vecindad tan nuestras.
Pero si nos fijamos bien, siempre ha sido así: parece que históricamente el desarrollo de las ciudades, el predominio de lo urbano, de lo cosmopolita, está confrontado con lo rural, con lo regional, con lo autóctono, que le dio origen, que le dio vida. Siempre ha sido así, pero no creo que sea irremediable, ni lo mejor que nos pueda pasar, o seguir pasando.
La tierra como negocio
Pero con esto no todo lo peor había llegado. Lo peor para los ejidos, pero no para los ejidatarios, que en su momento no sospecharon lo que traería la reforma salinista al artículo 27 constitucional. Para los ejidos y para la mayoría de los ejidatarios, sobre todo de San José y San Lucas, esta transformación fue maravillosa porque de la noche a la mañana amanecieron millonarios, y sin liquidez, por el valor de sus tierras que se elevó por obra y gracia de un decreto presidencial, con la posibilidad de venderlas a empresarios hoteleros y comerciantes, para fraccionamientosy vivienda popular. Pero no tanto así para los ejidos rurales eminentemente, porque propietarios plenos de sus lotes y huertos pudieron venderlos al mejor postor y simplemente emigrar a las ciudades con unos miles o algunos millones en sus bolsillos, y ahí se acabó el negocio: la tierra que antes servía de sustento familiar para el autoconsumo y hasta para un sencillo proceso de comercialización, como en los viejos feudos europeos, dejó de producir porque ya no fue rentable, y ahora sí, pudiéndose vender una y otra vez, servir para la especulación, como vino sucediendo. Algunos, por ignorancia y por ambición se regodearon de esta posibilidad, y otros muy arraigados a su tierra, se resisten aún a venderla y a dejarla en otras manos, y están muriendo por vejez y enfermedad, antes que salirse y abandonarla, porque no quieren “traicionar a la tierra de mis padres, de mis abuelos; la tierra que me vio nacer”, como me dicen algunos paisanos nonagenarios en las inmediaciones de El Chorro, Agua Caliente, Las Vinoramas y San Jorge, Boca de la Sierra, Santiago y Miraflores. Han preferido ver las antiguas huertas convertidas en páramos que en las manos de extranjeros o arribistas; o anémicas por la falta de apoyo institucional, desdén o velada complicidad.
Visto así, el proceso modernizador de la tenencia de la tierraen el país, y por el que millonarios recursos públicos llegaron a fomentar el desarrollo turístico en la región cabeña al tiempo que provocó el crecimiento económico y demográfico, concentrado en los polos de desarrollo del turismo, generó expectativas de ocupación y empleo sobre todo en los jóvenes de las zonas rurales, de ranchos y ejidos, que vieron en ello una oportunidad para salirse de sus lugares de origen, prácticamente abandonando un ciclo vital familiar, de la tierra y de sus heredades. En pocas palabras, solo los viejos, permanecieron anclados en sus casas de adobe y techo de palma, con cercas de palo de arco, corrales de mezquite, palo blanco y de cardón; nuestros viejos se quedaron para sufrir o gozar, según acomode, los soles de mayo y los inviernos decembrinos al pie de la sierra o entre las cuchillas pedregosas de la todavía nuestra Sierra de La Laguna, por el lado que le corresponde a Los Cabos; se quedaron para proteger su tierra, porque no quisieron encontrarse con un destino que no es ni de ellos ni para ellos.
Retornar a la tierra
Pero a qué viene todo esto? Bien pudiera ser una inspiración nostálgica por nuestro pasado, por nuestra tierra. Pero más bien es por lo que nos está sucediendo, porque parece que nadie ni quiere, ni puede, detener este proceso social que viene del norte, y desde más allá, de la genética anglosajona que llegó a fundar las Trece Colonias y luego al imperio norteamericano.
Entonces esto que escribo es producto de una inspiración y un homenaje a nuestros viejos. Porque nuestros paisanos, nuestros abuelos, nuestros padres, nuestros tíos, están muriendo por vejez, enfermedad o por “muerte natural”, pero no es por su gusto sino porque se cumple un ciclonatural, inevitable, y hay que retornar a la tierra para abonarle a tanto que nos ha dado. Ayer ellos, mañana nosotros.
Yo puedo asegurar que, a sabiendas de esto, nuestros viejos quieren seguir prendidos a esta tierra, la tierra de sus mocedades. Quieren seguir contemplando los cardones gigantescos, ver las pitahayas florear y dar fruto, los ciruelos amarillear, la cacachila levantarse amenazante, recoger verdolagas y caribes, cortar melón coyote y husmear entre los corrales olorosos a "buñiga" y desechos del ganado; impregnarse las manos con el suero del queso y del requesón, ir a las liebres y hasta los venados; quieren seguir comiendo tortillas de harina, con frijol, machaca y café de talega. Quieren seguir caminando por los arroyos saltando las piedras que asemejan "huevos de dinosaurios" como en Macondo, y levantarse el sombrero para contemplar los picachos de la sierra; quieren seguir viendo el sol, aunque los deslumbre, cuando se oculta tras la serranía, para verlo bajar y hundirse en la gran y bella bahía azul turquesa que circunda desde La Palmilla hasta La Playa, la de Cabo San Lucas o Cabo Pulmo; quieren ver al sol nacer y morir en el mar y amanecer al día siguiente, en un ciclo cósmico interminable para nosotros.
No creo equivocarme cuando digo que nuestros viejos sienten el amor por su terruño porque lo conocen, porque tomaron agua del pozo o del arroyo, o de la que se acumula en la época de lluvias; sienten el amor por la tierra, porque de ella se impregnaron manos y pies, porque desde su niñez se hicieron uno con su tierra, porque se enlodaron los pies en las huertas de maíz, chile, frijol, tomate, calabaza y chícharo, en los frutales de mango, naranja, limones, guayabas y aguacates, y disfrutaron de estos productos de la tierra que ellos cultivaron como sustento, sin saber que eran orgánicos. Y el valor que le dan a esta tierra, no se expresa en dinero, sino en amor duradero, en el apego que quisieron transmitir a sus hijos y a sus nietos, pensando en la conservación y la continuación de sus descendientes.
Cuando vamos al rancho o al ejido, al monte o a la sierra, no podemos menos que pensar que ahí, en esa naturaleza viva, está un recuerdo imborrable de ellos.
Y si todavía no nos hemos detenido un momento a meditar esto, valdría la pena que alguna vez lo hiciéramos.
El problema es que la vida se acaba; unos dicen que con la vejez, otros dicen que con la muerte, pero otros, los más, con el olvido. Y esto último nos conviene creer: comenzamos a morir, cuando se nos olvidó que todo lo que vemos, y hasta lo que no vemos, tiene su historia, su cuento, su leyenda, su trayectoria, su razón de ser.
Y los pequeños panteones de nuestros ranchos, los que aún no los han podido ocultar los majestuosos hoteles, que se les disfraza con verdes enredaderas o impactantes bardas, los que están en los montículos elevados porque eso los acerca al cielo, cada vez aumentan su inventario al tiempo que se les reduce el espacio, para esperar a esos cuerpos de nuestros parientes; cuerpos lacerados por el sol, de manos curtidas yrostros cuarteados por las arrugas que da el vivir un poco más de lo previsto por las estadísticas; esos cuerpos que retornan a la tierra, como en la sentencia bíblica, “polvo eres y polvo te convertirás”, para regresar la simiente, después de cumplir un ciclo vital, dejándonos una herencia llena de recuerdos, de vivencias que merecen ser escritas para que no se olviden.
Para que no se nos olvide que nuestros muertos siempre estarán esperando, en la inmovilidad del tiempo, una veladora encendida, una corona de flores, una oración al Eterno, una llamada a través del recuerdo, y cuando ya no podemos aguantarnos dejar correr lágrimas del amor que les tenemos.
Porque es cierto: la muerte comienza con el olvido.
*Trabajo presentado en el Primer Plenilunio Rural del Instituto Municipal de Cultura y las Artes del H. II Ayuntamiento de Los Cabos. Monumento al Trópico de Cáncer. Sábado 21 de mayo de 2016.
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