viernes, 28 de julio de 2017

Mea culpa MJ Ceseña


MJ Ceseña
La primera vez que la vi, quise huir de su presencia, pero no fue posible porque estaba atrapada entre dos pesadas bancas de madera antigua y una multitud que se había dado cita para escuchar misa en la parroquia de San José.
Era la fiesta del santo patrono y todos los habitantes del pueblo y rancherías de los alrededores se congregaban amontonados, a lo largo y ancho de la nave, para recibir la bendición. Aunque el resto del año no se acordaran ni de asistir a misa, ese día era muy especial y se consideraba una falta de respeto, casi una herejía, faltar.
Yo tendría cinco años, recién cumplidos un mes antes. Había llegado del rancho muy temprano, junto con mis padres. Mi madre y yo apenas alcanzamos a colocarnos en el último espacio vacío en una de las bancas a la mitad de la nave.
Mi padre permaneció de pie, un poco más atrás, arrinconado contra el muro para dejar espacio a los que pasaban buscando lugar, a los que salían por algún pendiente y a las colectoras de limosnas que paseaban alargando sus canastos a cada uno de los asistentes.
Yo prestaba a la misa muy poca atención, o más bien nada. Era una niña; los niños son visuales, si no ven al que está hablando jamás se interesarán por lo que dice y en ese apretujadero de gente, era imposible que yo viera al sacerdote a la cara… si no alcanzaba a verle ni siquiera la sotana.
La misa, junto con los velorios y otras ceremonias parecidas, eran las cosas más aburridas a las que podías arrastrar a un niño, tanto así que llegué a pensar que mis padres habían sido martirizados de la misma forma en su infancia y ahora se vengaban en mi de esas interminables horas de tedio a las que sus padres los habían obligado a participar también. 
En fin, para no morir de aburrimiento, me entretenía contando a los niños que, al igual que yo, no hallaban más que hacer. Vi a un niño vestido con camisa amarilla, dos filas adelante, con la cabeza agachada e imaginé que contaba los pares de zapatos que se alcanzaban a ver por debajo de la banca de enfrente: uno rojo, dos blancos, cuatro negros... Más allá uno vestido de café parecía contar: cinco señoras flacas, diez gordas, seis más o menitos; Al frente a mi izquierda, una niña de azul: diez señores con bigote, cinco con barba, tres sin pelo en la cara…
Mi mamá tocaba mi espalda o me daba un golpe suave en la cabeza cuando notaba que me estaba distrayendo. 
  • Pon atención o te castigará Dios – me amenazaba en voz baja y con los dientes apretados.
Cuando, gracias al todopoderoso, la misa estaba por concluir o a mí se me acababan las opciones para entretenerme (no recuerdo cuál de las dos cosas sucedió primero) nos pusimos de pie y entonces la vi.
Venía escoltada por dos señoras. Quedé impactada, no podía despegar la vista de ese labio inferior tan grande y pesado que le colgaba hasta media barbilla; los ojos perdidos que parecían mirar al vacío y ese andar dudoso, arrastrado, como si temiera que al levantar los pies, su cuerpo flaco y sin peso se desprendiera del suelo y fuera a quedar suspendido en el techo de dos aguas de la parroquia.
Jamás en mi vida había visto a alguien así y comencé a pensar si acaso Dios se había dado cuenta de que divagaba durante la misa y había enviado a algún ser sobrenatural, de esos que siempre lo rodean, para castigarme.
El terror se apoderó de mi al verla acercarse por el pasillo lateral, iba hacia donde yo estaba y no podía huir. Empecé a hacer esfuerzos por desaparecer entre la gente, volverme invisible para que pasara de largo sin notar mi existencia. Mientras, cerraba los ojos y comenzaba una oración desesperada y silenciosa: “Diosito, no es conmigo la bronca, te equivocaste, el niño de amarillo… aquel que está más adelante es el que estaba distraído. Yo no, yo si te estaba poniendo atención, deveritas” 
Interrumpí de improviso el ruego al oír la voz de una señora saludando a otra que estaba sentada en la misma banca que yo, a un lado de mi madre. Abrí los ojos y la impresión casi me tira de espaldas; el pánico me sobrecogió al ver que ahí, frente a mí, estaba ese ser mirándome fijamente, con su enorme labio colgante y  casi babeando mi mano que se agarraba fuerte a la saliente de la banca. 
Aterrorizada, retiré la mano casi al mismo tiempo que ella colocaba, pesadamente, la suya en el mismo lugar. No sabía qué hacer, ni como escapar. Volteé por instinto hacia atrás buscando a mi padre, pero no lo encontré entre ese mar de gente. Quise gritar pero me había quedado muda y sólo podía contemplar aquellos ojos fijos, acusándome: “Tú eras la que no ponía atención en misa”.
La señora que venía con ella continuaba charlando animosamente, como si estuviera en la plaza y no en la iglesia. Si Dios fuera justo, se la llevaría a ella – pensé -, pero luego me arrepentí al darme cuenta de que aquel ser la sujetaba de la mano.
  • ¡No puede ser – murmuré para mis adentros - se la está llevando!
  • ¡ay nanita! ¿Y ahora qué hago? ¡No quiero que me lleve!
¡Y aquella señora! No dejaba de hablar con la otra y mi mamá que en silencio sonreía y asentía, como queriendo participar también del mitote. Nadie parecía darse cuenta de mi angustia y desespero, claro que no ¿porque lo harían? Aquel ser era invisible ante los demás porque ellos si habían puesto atención en misa, sólo venía por los que no la escuchábamos atentos.
Volteé en todas direcciones buscando un hueco entre las enaguas que me rodeaban, pero no lo hallaba. Cuando por fin me sobrevino la idea de agacharme y pasear gateando entre los pies de aquellas señoras, escuché el glorioso “Bueno pues, ahí nos vemos” con el que finalmente se despedía la parlanchina.
El extraño ser despegó lentamente su mano de la banca y sus ojos volvieron a perder enfoque, el labio colgante comenzó a alejarse y sus pasos arrastrados se perdieron ruidosos en el pasillo, mientras yo respiraba acelerada, sin poder controlar aún los fuertes latidos de mi corazón.


Pegué un brinco cuando cayeron en mi cabeza y mejilla algunas gotas de agua  que el sacerdote arrojaba, a diestra y siniestra, enarbolando una especie de hisopo de fierro que empapaba en un extraño recipiente, sostenido por el monaguillo que lo acompañaba
Por fin salí con mi madre al atrio, limpiándome las gotas de agua de la frente. 
  • ¡No te limpies! – me regañó – Es agua bendita.
Mi padre ya nos esperaba, conversando con algunos conocidos. De vez en cuando, yo sacaba la cabeza por detrás de las enaguas de mi madre y las parientes que la rodeaban, rogando a Dios no encontrarme al ser rondando entre los conversadores o los comensales que se arremolinaban, ansiosos, en los puestos de comida. Afortunadamente no volví a verla ese día y comencé a pensar que había sido una alucinación debido a la culpa que me roía. Más, al día siguiente, sorprendida, comprobé que no sólo yo la había visto, pues en cuanto mi padre tuvo ocasión me dijo, en tono burlón: “Si que te viste preocupada cuando se te paró la Chita enfrente ¿no?”.

Fue así como supe que Chita era, y sigue siendo, un personaje  especial para todos los oriundos del centro de San José, quienes la aprecian y cuidan como la gran familia que son. Con el tiempo, también llegué a tomarle aprecio y cada que asisto a la parroquia para escuchar misa atentamente, no puedo evitar una sonrisa cuando al escuchar sus  pasos arrastrados por el pasillo, vuelve a mi memoria nuestro primer encuentro hace más de 30 años. 

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