Esta es mi cuarta o quinta participación en un Encuentro de Escritores Sudcalifornianos. En las primeras leí obra propia y hace dos años escribí sobre el trabajo que hace un profesor, amigo mío, con alumnos de primaria el Chametla, a unos minutos de La Paz.
Últimamente no he escrito otra cosa que no sean reportes, ensayos o textos académicos. Mi labor como docente y el carácter de estudiante de posgrado obligan a que teclee, de manera constante, en la computadora o el teléfono. También he dejado de leer por gusto; recién agarré “Adiós a las armas” de mi admirado Papa Ernest, y me quedan escasas páginas para saber si se quedó con Miss Berkley en Suiza).
Quizá por eso, por cansancio digital, es que esto lo he garabateado de una, con tinta negra en hojas blancas, como hago cuando escribo por gusto. Y quiszá, también, podría estar leyendo la historia del Niño Agustín, un viejo heredero que convirtió la casona familiar en refugio para amorosas almas torcidas; o del charro detective que no quería enamorar a Miss Appletree pero cada dia lo lograba menos; o tal vez la del seminarista serrano que en sueños era seducido por la delgadísima Karla, y que al despertar la veía entrar con el abrigo rojo y la maleta a juego, que ella usaba en el sueño.
Hubiera querido, pero no (por cierto, yo amo el “hubiera” y lo utilizo con singular alegría; soy su apóstol, su profeta).
Hoy quiero leer esto que escribí acerca de una oportunidad que una amiga, mi carrera y la vida me han dado: Calificar y decidir el ganador de un concurso de cuento, primero en fase municipal y luego, hace días, en estatal del cual puedo decir que lo ganó un joven de 15 años que a esa edad ha escrito 17 relatos que integran su obra, y a los que les falta muy poco para editarse.
Fue un proceso sencillo. La directora de una secundaria en Los Cabos me llamó para invitarme a ser jurado e invitar yo, a su vez, a otro colega. Llamé a tres amigas a quienes convidé y de las que sólo dos pudieron asistir a cada una de las etapas programadas. Fui a la junta previa, me entregaron la documentación y explicaron el procedimiento.
El día del concurso acudimos temprano al plantel y atestiguamos el protocolo oficial que se cumple en cualquier escuela: Un presídium abrumado, honores a la bandera, un maestro de ceremonias confundido, bailables, declamaciones y un público ansioso, que sigue repasando los apuntes de lo que le van a preguntar más tarde en el salón.
Al entrar al aula nos encontramos a ocho escritores listos para crear una obra
Ganadora. Después de cuatro horas de silencio y concentración se entregaron el mismo número de obras:
Los ganadores de esta etapa fueron “Sin Filtro”, “Él”y“Lección de Navidad”. Elpremio fue representar al municipio en la etapa estatal a celebrarse unas semanas después.
En este sentido, Jonathan pasó a la siguiente fase y se enfrentó a Ana Paola Romero de Mulegé, Fernanda Anahí Castillo del Ejido 4 en Comondú y Jesús Bernardo Lizárraga de La Paz.
Aquí ganó Jesús con el cuento “Alma sin límites”, una historia de sufrimiento y esfuerzo que convierten a una joven con ilusiones, pero muchos obstáculos en una mujer poderosa, empática, proactiva y altruista que inspira y cambia a su comunidad.
El segundo lugar fue para “Toda la eternidad” de Ana Paola y el tercero para “Lágrimas de dolor” de Fernanda Anahí. El participante de Los Cabos quedo rezagado por cuestiones técnicas.
Esto no sería más que la relatoría de un ejercicio estatal para seleccionar una obra ganadora a nivel secundaria. Pero no es así.
Para bien o para mal, nos tocó calificar estas obras y a sus autores, lo cual nos permitió darnos cuenta de lo que escriben nuestros jóvenes: hijos, sobrinos, nietos o vecinos. Sus obras están llenas de angustia, dolor, miseria, violencia, lágrimas, sangre, armas, soledad, suicidios, oscuridad y tragedia.
Pero también hay sonrisas que parecen muecas, hay amistad, confianza entre iguales, hay adultos buenos que sufren y adultos malos que también sufren, que pagaron o están pagando por las faltas cometidas.
Y ello nos hizo pensar en lo que viven y sienten los jóvenes de 12 a 15 años (o incluso más jóvenes). Nos sirvió para darnos cuenta y eso nos preocupó ¿Qué le estamos mostrando a nuestras crías? ¿Cómo están aprendiendo a vivir? ¿Qué ven, que escuchan, que leen, cómo viven, cómo aman, a quién, cómo se relacionan?...
Yo crecí leyendo a Emilio Salgari y su Sandokan, a Melville y su ballena blanca, el Robinson de Defoe, o el Cid, el conde de Montecristo, también. A Dumas, Verne, Bécquer y Moliere. Nos hacían leerlos en casa o en las escuelas.
Luego conocí a García Márquez, Vargas Llosa, Cortazar, Ibargüengoitia y valió madre, llegaron José Agustín, Gustavo Sáinz, Armando Ramírez, Parménides, García Ponce y todo se descontroló – a pesar que ahorita serían considerados muy fresas.
Ellos, los que ahora me ocupan, son jóvenes que crecen sin padres, al cuidado de familiares o amigos y en el peor de los casos, solos. Su niñera es la televisión, o el celular y sus aplicaciones, la computadora, Minecraft, youtubers, Slenderman, LOL, Legión Holk y memes.
Ellos son, como lo referí antes, nuestros vecinos y alumnos, futuros médicos. Abogados, policías, administradores e ingenieros, o los asaltantes, pandilleros o asesinos de la nota roja del futuro.
Es cierto que hay una brecha generacional y yo estoy, ahora, del otro lado. Siempre ha habido rebeldía, violencia o anarquía, pero antes yo era parte de ella. La ventaja de ellos, los que escriben es que sacan así sus frustraciones y las cuartillas retacadas de letras son su catarsis. En esas hojas se aprecian temas y estilos copiados de los bestsellers llamados erróneamente “sagas”; también hay influencia de la literatura japonesa y del anime, de las series de Netflix y una línea narrativa que se retaca con seres imposibles, humanos o no.
Y bueno, para cerrar esta catarsis debo decir, a favor, que hay esperanza. Que al final gana el bueno, que deja de sufrir, que muere el malo o lo meten a la cárcel, a un féretro o se lo lleva el diablo, el monstruo o el ángel justiciero. Al final, antes del fin, hay perdón, reencuentro, rendición y redención; aun triunfa el bien sobre el mal, y aparece un nuevo sol o un arcoíris, incluso una luna llena.
Si es como es, según los psicólogos, sus textos son mensajes de ayuda. Reflexiones y declaraciones de su subconsciente. Un grito desesperado diría el nunca bien ponderado Carlos Cuauhtémoc Sánchez.
Y aquí invoco, como aprendí a mis hijos hacerlo con las cartas de Yugi – oh de mis hijos, a los mediadores de salas de lectura, a los cuentacuentos, a los dibujantes, bibliotecarios, a los fotógrafos e ilustradores, a los teatreros y marioneteros, a los maestros, misses, directores y supervisores, a los gestores y promotores culturales oficiales e independientes, a los cirqueros, saltimbanquis, faquieresque comen cada quincena y visionudos que andan cargando libros en sus bicicletas. O a los inventores de historias como Berthita y el profe Márquez, a Erasmo y sus niños, Nora, Alba, Lluvia y su pelo de colores, Ceci Miró, Calafia y Mercedes, Claudia Islas, Nixania y Winston, Chuyita, Anythe, Margarita, los cascabeles, Marisabel y sus letras de mujeres vulneradas, a y a tantos otros que forman un largo etcétera. A todos ellos pedirles que no dejen de hacer lo que hacen, y que desde su reino fantástico sigan acompañando a quienes aún nos necesitan.
Agradezco a los creadores independientes y a las autoridades culturales por seguir entre borrascas, navegando en el mar del quehacer literario sudcaliforniano que aun continuallegando a buen puerto y descubriendo tesoros fantásticos en cada rincón donde se abre o se escribe un libro.
Marcos de Jesús Roldán.
La Paz, BCS
23 de junio del 2017

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